
Los chinos tienen algo de espectros. O al menos los chinos que viven en mi ciudad. Están pero no están. Llegan a mi urbe occidental y montan, no sé, un restaurante, o una tienda multiproducto, o se traspasan un bar de tapas (Bar Toribio) o dan masajes en la playa (si la hubiere); vestidos con sus pálidos ropajes de mayorista falsificador. Cosas normales de la época global, aparentemente. Pero yo no me lo trago: es como si siempre estuviesen tramando algo. Algo Gordo.
Para mí que son mitad humanos mitad delirios. Me resulta bastante difícil definirlos. Diría que son algo así como sombras de un indudable futuro incierto, seres físicamente independientes y psíquicamente encadenados: una suerte de mente colectiva, como la de las hormigas o las abejas. Ellos conforman lo que he bautizado como
El Colectivo Chino: un ente pluricorporal, un enjambre de millones de cuerpos sometidos a una Voluntad Única, Singular.
Por ejemplo: los restoranes de El Colectivo Chino, con su fachada de motivos plástico-folclóricos y sus ventanas opacas, velando por mantener en secreto
lo-que-se-cuece-en-el- interior, levantan mis suspicacias y me intimidan bastante. Tengo conocimiento de los mitos y leyendas acerca de su insalubridad. Se dice que utilizan carne de gato, o de perro o de rata. Yo lo dudo. Mis desconfianza se fundamenta en otras cosas: estoy convencido de que son una tapadera, una colección de pisos francos para urdir la Gran Conspiración para la Dominación.
El canguelo que me infundían era para mi imposible de superar hasta aquel día.
Ocurrió que el mentado día me levanté con el ánimo resuelto y un fuerte antojo de resolución de enigmas y desenmascaramiento de conspiraciones. Esta insólita coyuntura, pues no soy yo en absoluto temerario, me empujó a entrar a uno de tales restoranes, ajeno a mis más atenazadores pánicos. Créanme que para mi fue como atravesar un portal interdimensional, colarse por una brecha del continuo espacio/tiempo o, más concretamente, irse a comer al Limbo.
Los dragones, budas, y dorados ornamentos salpicaban el interior del local, con todas las mesas vacías. Al fondo del restorán vislumbré una barra desde donde tres figuras delgadas me miraban con una expresión de absoluta neutralidad. Mi razón me ordenaba dar media vuelta y marchar de allí o, más disimuladamente, preguntar si tenían tabaco y marchar de allí. Pero no hice ni lo uno ni lo otro y me senté en una de las mesas más cercanas a la barra.
En menos de lo que se tarda en decir “Áspid”, una de las tres siniestras siluetas estaba junto a mi. “¿Comel? ¿Sí?”, preguntóme. “Comer, sí”, contesté. Y me entregó la fotocopia plastificada que hacía las veces de Carta; lo cual no hizo más que acrecentar mi recelo y mis escrúpulos.
Una miríada de absurdas frases daban nombre a los diferentes platos del restorán: sopa de nido de golondrina en su esencia, familia feliz, bolas de soja roja de la suerte, águila china con salsa de ostras enanas, sepia agripicante con furia del dragón, cerdete Char-sui con aceite de ajonjolí, huevo centenario con porotos negros salados, etc.
Ante lo absurdo de la situación y no queriendo yo desairar a mis espectrales mesoneros, opté por no mostrar mis dudas acerca de tal o cual plato y con impostada resolución escogí los denominados “sopa de nido de glondrina, la familia feliz, el huevo centenario con porotos negros y media ración de águila china”, pues me habían informado de que El Colectivo Chino era ridículamente cicatero en el tamaño de sus pitanzas.
Mientras el menú por mi confeccionado iba sucediéndose en mi mesa –he de reconocer que a pesar de ciertas texturas repulsivas todo sabía bastante bien- el afanoso mesonero que me servía desaparecía entre plato y plato, atravesando una portezuela situada tras la barra y por la que –deduje- se llegaba a los fogones donde, probablemente, los otros dos se dedicaban a guisar para yo poder yantar.
En llegando al final del pantagruélico festín (mintióme quién me contó lo de la frugalidad de los platos chinos), el mesero se metió dentro de la cocina para hacerse con mi último plato: Águila china con salsa de ostras enanas. Acto seguido, a través de la portezuela que se dejó entreabierta, empezaron a surgir raros vapores de colores, inidentificables miasmas y ruidos de toda índole (chirridos, chillidos, gruñidos, berreos, rechinares, etc.), que me hicieron despertar de un lisérgico e involuntario letargo: ¡¡Yo estaba allí, no para degustar la gastronomía del Colectivo, sino para confirmar mis sospechas!! A buen seguro que la comida que habían estado sirviéndome estaba condimentada con especias hipnóticas y adormecedoras.
De nuevo pertrechado con la seguridad que me daba la conspiranoia, y viendo que el camarero todavía seguía dentro de ese infiernillo llamado cocina, me acerqué sigilosamente cual travelling de película de suspense hacía el quicio de la portezuela. Una vez enfrentado a ella, la empujé levemente y con un ÑIEEEEC acallado por los ruidos de la cocina logré asomar mi curioso hocico para ver lo que nadie de mis conocidos había visto jamás:
La cocina de un restorán chino.
Al principio una espesa niebla me cegó, pero poco a poco la ofuscación se fue disipando y lo vi. Con mis propios ojos. LO VI. El corazón se me congeló por un instante, como gaseado con nitrógeno líquido, un torrente de sangre fue directo a mi recto y por poco defeco allí mismo. Lo que estaba viendo era, era...
En ese momento uno de los cuerpos del Colectivo se giró y clavó su rasgada mirada -tez torva portaba, créanme- en mi. El espanto que sentí me paralizó por un eterno instante que duró relativos eones. La sangre, entonces, abandonó mis venas y capilares intestinales y de nuevo se repartió por el resto de mi cuerpo: recuperé el control de mi maquinaria y, como vulgarmente se dice, puse pies en polvorosa.
Lo confirmé, señores. Fui testigo.
...6 años despuésHe aprendido chino mandarín y chino cantonés. Por fin ha llegado el momento, hoy es el día. Yo estoy preparado.