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miércoles, 2 de julio de 2008

TODOS CONOCEMOS A MARINA



Marina es esa chica que vive sola, que tuvo suerte y encontró un alquiler barato que poder pagar con su sueldo y así poder viajar a otros continentes en vacaciones. Es esa vecina con la que nos cruzamos de vez en cuando para acertar a decirle solamente "hasta luego" cuando lo que realmente queremos es preguntarle como le va. Marina es esa amiga que siempre nos escucha, que conduce cuando hemos bebido, que nos presenta al chico soñado, que se liga al que nosotras vimos primero.

Todos conocemos a Marina.

Marina es esa chica que se siente sola cuando pasa el finde y todos se van. Es la muchacha que viaja en el último asiento del vagón mirando la nada a través de la ventanilla, o su propio reflejo. Es esa compañera de trabajo que odiamos porque siempre está allí cuando entramos y nunca se toma un descanso porque no fuma. Marina es la chica que nos cruzamos en el centro comercial y no podemos dejar de mirar. Es la que entra en la enésima tienda, una donde hay pequeños y adorables cachorros que parecen de peluche pidiendo a gritos ser abrazados. Marina cree que un chachorrito de esos le haría compañía. Marina es impulsiva, tanto que está dispuesta a salir de ahí con un nuevo amigo. Pero también es lista. Marina es esa chica que desaparece fines de semana enteros sin haber pensado antes donde quería ir. Es la persona menos adecuada para cuidar de un perrito.



Marina salió de la tienda con lo que quería. Casi siempre lo conseguía. Al llegar al portal se topó con ese vecino con el que siempre cruzaba un torpe "hasta luego" cuando ella lo que le pedía a gritos era una invitación a tomar algo. El chico le aguantó la puerta del ascensor.

-¿Es una iguana? -preguntó al ver la caja que portaba.


-Una serpiente -respondió ella tímida.


-Que guay... a ver si un día me la enseñas.


-Vale, cuando quieras.


-Me has dado suerte -le dijo a la boa cuando entró en su piso. Instaló el terrario y le echó el primer ratón dentro. Nunca le dieron especial lástima los animales, y menos los roedores.


A los pocos días descubrió que Sancha podía vivir tranquilamente fuera del terrario. Le seguía por toda la casa, siempre detrás de ella, haciéndose un ovillo en sus pies sobre el sofá o en la cama mientras dormía.


La dieta de ratones diarios dio sus frutos y Sancha alcanzó un gran tamaño en poco tiempo. Entonces se hizo más cariñosa y ya no se conformaba con dormir arremolinada a sus pies, sino que se estiraba junto a ella cuan larga era.


Pero a partir de un día concreto Sancha dejó de comer. Pasaron dos o tres semanas y la serpiente seguía sin probar bocado. Esto mosqueó a Marina hasta tal punto que un día decidió llevarla al veterinario. Cuando entró en la consulta el especialista examinó brevemente a la serpiente y le preguntó a la joven si había notado algo en la actitud del reptil aparte de la falta de apetito.


-Nada fuera de lo normal -respondió-... Ella siempre a sido muy cariñosa, me seguía a todas partes y también dormía conmigo, tanto en el sofá como en la cama. Al principio se acurrucaba a mis pies en espiral, pero después ya lo hacia totalmente estirada a mi lado, supongo que cuando cogió más confianza.


El veterinario la miró con rigor y finalmente dijo:


-Lo siento señorita, pero esta serpiente no puede salir de aquí. Tiene que ser sacrificada.


-¿Qué? -exclamó Marina.


-Es un caso que ocurre de vez en cuando. Ha estado tanto tiempo sin comer para hacer hueco en el estómago y el motivo por el que se estira a tu lado es porque está midiéndote para saber cuando podrá comerte.



Todos conocemos a Marina.

O al menos a alguien que ha oído hablar de ella.