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lunes, 21 de abril de 2008

Soy Fascista

Hace poco vino a la Monumental de Barcelona la máxima figura del toreo José Tomás –que no deja que se televisen sus corridas, como la mayoría de los pudorosos mortales- y, aprovechando la coyuntura, dos amigos míos se presentaron en esta ciudad oficialmente declarada antitaurina para ver a JT hacer su trabajo.
No soy yo un alma delicada que sepa apreciar las filigranas de esta escenografía, lo reconozco, pero al tiempo tampoco me molesta que unos miles de aficionados se reúnan de tanto en tanto para formar parte de una liturgia que, por lo visto, les alegra el ánimo y vacía el bolsillo. Bien por ellos.
No opinan lo mismo, empero, aquellos que me encontré en frente de la Monumental al acompañar a uno de mis amigos: un turba de unos 200 individuos vociferaba improperios con la vena cava a punto de estallar. Era una cuchipandi bastante homogénea en su estética costra y heterogénea en cuestión de edades: desde la muchachada que aún se cree lo de la A rodeada por un círculo, hasta rancios veteranos que no se han dado cuenta de que no es ya mayo del 68. Todos ellos, sin embargo, coincidían en el grado de fervoroso odio que supuraban hacia los que, en la acera de enfrente, iban entrando ufanos a la plaza de toros. Asesinos, catetos, hijosdeputa, fascistas, eran algunas de las lindezas que repetían como un mantra, sazonándolos con deseos de muerte para JT y reivindicaciones por una Cataluña libre (pobre Cataluña, libre o no).
Total, que me los quedé mirando desde la acera taurina por puro afán antropológico. Sin casi quererlo, mi mirada científica se posó sobre unos cuantos de los miembros de la turba vociferante que se percataron rápidamente de que eran escrutados. He de reconocer que me sorprendió su reacción: me invitaban con gestos desafiantes a cruzar la calle para acercarme a ellos, me señalaban con el dedo índice para acto seguido pasarse el pulgar por el gaznate, ñiiieeec. No sé si pretendían que me sintiera amenazado o qué, pero lo que sí que consiguieron es mi más profundo desprecio.
Yo creo que con el discurrir de los años; con pruebas irrefutables como la cáscara ajada, el cabello esfumado y la inocencia dilapidada; uno se da cuenta –o debería- de su mediocridad natural. Pero esto ocurre menos veces de las deseables, y es entonces cuando aparecen toda clase de salvadores con sus ideas geniales y sus ideologías abisales.
Y la verdad es que éstos tienen bien claro quiénes son los malos, sus malos. Fascista, es su apelativo favorito para señalarlos. ¿Qué te gustan las corridas de toros? Eres un fascista, ¿has ido a ver esa película americana de espartanos en taparrabos?, jamás, pues es una fascistada, ¿qué eres oriundo de, no sé, Burgos? ¡Fascista de nacimiento! Y así.
En fin, decía que llega un momento en que nos deberíamos dar cuenta de lo insignificantemente mediocres que somos todos: desde el banquero hasta el perroflauta de la plaza del Reloj, pasando por ese al que vi entrando en la Monumental creyéndose el novio del mundo. Sin embargo, estos cazafascistas se creen en la posesión de la verdad absoluta, como Federico, y la verdad es que irrita un poco. Pero sólo un poco, ¿eh? No se vayan a pensar...
Relativismo puro, lo sé, pero no lo puedo evitar.

En los dos últimos posts de este insignificante blog nos hemos encontrado con que una pequeña turba de aspirantes a trolls han intentado desairarnos con expresiones como “gafapastas asquerosos, putos gafapastas, etc.” Admito que al principio me pilló este ligero revuelo por sorpresa, ya que desde aquí jamás hemos buscado la confrontación ni hemos pretendido faltarle al respeto a los disminuidos psíquicos. Supongo que, al fin y al cabo, no hemos podido evitar ser señalados como los malos por alguien. Y ese alguien no puede (no sabe) hacer otra cosa que señalarnos y llamarnos fascistas (o putos gafapastas).


Y punto final: sí, soy fascista.

Espero que me disculpen el ladrillaco, no volverá a ocurrir. Prometido queda.

Con un doble tirabuzón y en un desvergonzado ejercicio de vagancia, les recomiendo 3 películas, 3, sobre fascismo, toros y gafapastas cada una:
-Raza, de José Luis Sáenz de Heredia (Para colgarse de un pino).
-Chantaje a un torero, con El Cordobés. (Para abrirse las venas).
-La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, esa fascista (Un vaso de cianuro).
Espero no haberles espantado por siempre jamás.

domingo, 17 de febrero de 2008

Ni puta gracia

Blanco, negro, inglés, escatológico, infantil, inteligente... No, no estoy hablando de Michael Jackson. Me refiero al humor, amigos. Esa cosa que –dicen- diferencia al ser humano de las bestias, ese argumento multiusos que igual sirve para pedir disculpas (era una broma) que para insultar cruelmente (era una broma). Una entelequia en forma de navaja suiza, una sustancia subatómica, cualquier líquido de un organismo vivo...
Explicar qué es el humor es una quimera, un imposible, un querer matar hormigas a cañonazos. Cada uno de ustedes tiene un peculiar (adjetivo obligatorio en este post) sentido del humor, y no seré yo el que cometa la temeridad de dar una definición acotadora.
Sin embargo, criticar a los humoristas es una tarea mucho más fácil y placentera. Sin más dilación les presento...

¡El Top 10 de los cómicos más infames de nuestra vida!

1. Jaimito Borromeo.
Jaime Alborch Yagüe debía ser el niño más gracioso de su clase durante la EGB, seguro que sí. Probablemente en su casa le llamaban Jaimito, como el famoso protagonista de tantos y tantos chistes de nuestra infancia. De esta forma, su nombre y su natural tendencia al caca-pedo-culo-pis le convirtieron en una celebridad en el patio del colegio y en las reuniones familiares. Pero lo que le dio la fama también le condenó. Jaime Alborch pensó que si sus infantiles chascarrillos funcionaban en la fiesta de fin de curso del Colegio Público Rey Viriato por qué no lo iban a hacer en los escenarios de toda España. Actualmente Jaime Alborch sigue vistiéndose como un niño, pintándose unas divertidísimas pecas en los mofletes y explotando su excelente imitación de niño travieso. Sigh!
2. Mariano 1.85.
Partner in crime de Miguel Vigil (ex Académica Palanca) y Jaimito Borromeo en la organización Cómicos de Guardia, Mariano 1.85 gozó de cierto éxito durante los años 90 con esporádicas apariciones en programas de variedades (principalmente producidos por José Luís Moreno). El número estrella de nuestro infame cómico número 2 consistía en salir al escenario acompañado de una guitarra y contar chistes que todo el mundo se sabía intercalando alegres tonadillas con el instrumento (la guitarra). Y ya. Eso era todo. Por no provocar, no provocaba ni asco. La indiferencia más absoluta. Carne de zapping y sopor.
3. Los Morancos.
Los hermanos Cadaval, zevillanoh, graciozoh y con pinta de turistas de chancla y calcetín despliegan un humor que consiste en mezclar el gracejo andalú con la escatología más low-class y el travestismo de barrio chino. Incomprensiblemente famosos, actualmente los podemos ver humorar en “Tú sí que vales”, programa de Tele 5. Claro ejemplo de cómo el proletariado más embrutecido enriquece a inútiles sin talento.
4. Manolo Royo.
Qué decir de Don Manuel Royo. El tipo lo intenta. Años lleva contando chistes verdes. Hijo putativo del landismo y la caspa, Manolito Royo se nos quedó en los 70. Su repertorio de humoradas es un catálogo de lugares comunes donde podemos encontrar desde el chiste verdoso de María hasta el verdoso chiste de Manolo. Una joya oiga. Y de vez en cuando hace como que imita un poco; especialmente memorable es su emulación de niño pequeño e inocente que dice cochinadas. Otro que le debe la vida a José Luís Moreno.
5. Jordi LP.
O como vivir para los restos de una imitación de Dyango. Jordi López Peña (¿acaso pensaban que lo de LP era por Long Play? ¡Ilusos!) nació dotado de una portentosa voz que hacía temblar los azulejos de su cuarto de baño. Nunca debió salir de allí. Probablemente algún desalmado le dijo que clavaba a Dyango cantando y de ahí al show businness de las risas hay un paso. Típico graciosillo sin gracia, Jordi LP ha paseado su oronda figura por los escenarios de muchas televisiones, pero especialmente querido es en su Cataluña natal. El señor LP es de los que tira de chistes clásicos (léase gastados) y entre gracieta y gracieta se queda callado esperando unas carcajadas y aplausos que nunca llegan. Da mucha pena verle seguir con su espectáculo. En sus ojos se adivina sufrimiento. Apuesto a que un día nos dan la noticia de su suicidio.
6. Eva Hache.
Tiene el honor de ser la única mujer de la lista, aunque Paz Padilla me lo puso bastante difícil. La señorita Hache alcanzó la popularidad en el divertidísimo programa de Manel Fuentes interpretando el papel de una psicóloga rematadamente fea, licenciada por la Universidad de Toronto (juo juo juo) que trata de pronunciar el inglés correctamente, pero no le sale (más juo juo juo). Si la cosa se hubiese quedado ahí aún la perdonaríamos, pero el intento de ser la Ellen DeGeneres española, su estética de lesbiana cool y su absoluta inconsciencia sobre su capacidad para hacer reír al respetable la convierten en un ser repugnante.
7. Ramón Arangüena.
Ejemplo absoluto de que no es necesario saber hacer nada para salir en la tele, Ramón se dio a conocer en aquel horroroso programa de Antena 3 llamado Osados. Su papel era el de un periodista que, vaya por Dios, no se preparaba bien la entrevista, lo que provocaba una supuestamente hilarante reacción del entrevistado. Sí, apreciados lectores, Ramón era aquel de la frase sobre la agria polémica con Iñaki Gabilando (juo juo jou y más juo). Sin embargo, tras saltar a la fama vimos su verdadero yo: era un triste sin talento. La personificación del bajón. Sus inicios como periodista de El caso le habían marcado de por vida. Mitiquísima fue la temporada en la que copresentó Lo + Plus con Fernando Schwartz. Lagrimones de auténtica tristeza me caían, oigan.
8. Ángel Garó.
El señor Garó fue al mundo del humor lo que Los Pistones a la movida madrileña: un one hit Wonder, o sea, un artista de un solo éxito. Tras su fulgurante aparición en el Un, dos, tres de principio de los noventa con su desternillantes papeles (Juan de la Cosa, Chikito Nakatone, Maruja Jarrón, etc.) la realidad golpeó duramente a Ángel. Sí, es cierto que su número era innovador; pero no es menos cierto que a la tercera vez que lo veías ya empezaba a crispar. A la cuarta ya empezabas a acordarte de su ascendencia, y a la quinta le ejecutabas con el mando a distancia. Lo último que se supo del señor Garó es que participó en Mira quién baila. Yeah.
9. Mané.
El fallecido socio de Emilio Aragón en Vip Noche daba pena, para qué negarlo. Me gustaría creer que el señor Aragón se lo encontró abandonado en una gasolinera y, en un acto de suprema piedad, decidió adoptarlo y enseñarle algunos truquillos para el divertimento de su familia de payasos. Sería una bonita historia. Un tupé imposible, incapacidad total para aprenderse ningún guión y la dicción de un Jorge Sanz hasta las trancas de cocaína eran todas sus armas de humorista. Qué pena. RIP.
10. Mariano Mariano.
No sé si el hombre se habrá aprovechado de su obesidad mórbida y su minusvalía para conseguir trabajo, pero oigan, vive Dios que lo parece. La forma de don Mariano de prepararse los chous debe ser algo así como poner en google “100 insultos diferentes”. Aunque al final siempre acababa llamando repetidamente gilipollas al público. Qué rompedor.

Bonus Track: Martes y trece.
Sí amigos, el archifamoso dúo. Dios me libre de la polémica, pero nunca me han hecho puñetera gracia. Josema y Millán han vivido de las empanadillas durante lustros. Cierto que el famoso bailecillo de Millán puede hacer un poco de gracia la primera vez que lo ves. Pero poco más. Años han estado repitiendo las mismas estupideces, las mismas ¿imitaciones? y los mismos gags (gaggAs, que dirían ellos).

El youtubo de rigor. El horror, amigos, el horror: