Hace poco vino a la Monumental de Barcelona la máxima figura del toreo José Tomás –que no deja que se televisen sus corridas, como la mayoría de los pudorosos mortales- y, aprovechando la coyuntura, dos amigos míos se presentaron en esta ciudad oficialmente declarada antitaurina para ver a JT hacer su trabajo.No soy yo un alma delicada que sepa apreciar las filigranas de esta escenografía, lo reconozco, pero al tiempo tampoco me molesta que unos miles de aficionados se reúnan de tanto en tanto para formar parte de una liturgia que, por lo visto, les alegra el ánimo y vacía el bolsillo. Bien por ellos.
No opinan lo mismo, empero, aquellos que me encontré en frente de la Monumental al acompañar a uno de mis amigos: un turba de unos 200 individuos vociferaba improperios con la vena cava a punto de estallar. Era una cuchipandi bastante homogénea en su estética costra y heterogénea en cuestión de edades: desde la muchachada que aún se cree lo de la A rodeada por un círculo, hasta rancios veteranos que no se han dado cuenta de que no es ya mayo del 68. Todos ellos, sin embargo, coincidían en el grado de fervoroso odio que supuraban hacia los que, en la acera de enfrente, iban entrando ufanos a la plaza de toros. Asesinos, catetos, hijosdeputa, fascistas, eran algunas de las lindezas que repetían como un mantra, sazonándolos con deseos de muerte para JT y reivindicaciones por una Cataluña libre (pobre Cataluña, libre o no).
Total, que me los quedé mirando desde la acera taurina por puro afán antropológico. Sin casi quererlo, mi mirada científica se posó sobre unos cuantos de los miembros de la turba vociferante que se percataron rápidamente de que eran escrutados. He de reconocer que me sorprendió su reacción: me invitaban con gestos desafiantes a cruzar la calle para acercarme a ellos, me señalaban con el dedo índice para acto seguido pasarse el pulgar por el gaznate, ñiiieeec. No sé si pretendían que me sintiera amenazado o qué, pero lo que sí que consiguieron es mi más profundo desprecio.
Yo creo que con el discurrir de los años; con pruebas irrefutables como la cáscara ajada, el cabello esfumado y la inocencia dilapidada; uno se da cuenta –o debería- de su mediocridad natural. Pero esto ocurre menos veces de las deseables, y es entonces cuando aparecen toda clase de salvadores con sus ideas geniales y sus ideologías abisales.
Y la verdad es que éstos tienen bien claro quiénes son los malos, sus malos. Fascista, es su apelativo favorito para señalarlos. ¿Qué te gustan las corridas de toros? Eres un fascista, ¿has ido a ver esa película americana de espartanos en taparrabos?, jamás, pues es una fascistada, ¿qué eres oriundo de, no sé, Burgos? ¡Fascista de nacimiento! Y así.
En fin, decía que llega un momento en que nos deberíamos dar cuenta de lo insignificantemente mediocres que somos todos: desde el banquero hasta el perroflauta de la plaza del Reloj, pasando por ese al que vi entrando en la Monumental creyéndose el novio del mundo. Sin embargo, estos cazafascistas se creen en la posesión de la verdad absoluta, como Federico, y la verdad es que irrita un poco. Pero sólo un poco, ¿eh? No se vayan a pensar...
Relativismo puro, lo sé, pero no lo puedo evitar.
En los dos últimos posts de este insignificante blog nos hemos encontrado con que una pequeña turba de aspirantes a trolls han intentado desairarnos con expresiones como “gafapastas asquerosos, putos gafapastas, etc.” Admito que al principio me pilló este ligero revuelo por sorpresa, ya que desde aquí jamás hemos buscado la confrontación ni hemos pretendido faltarle al respeto a los disminuidos psíquicos. Supongo que, al fin y al cabo, no hemos podido evitar ser señalados como los malos por alguien. Y ese alguien no puede (no sabe) hacer otra cosa que señalarnos y llamarnos fascistas (o putos gafapastas).
En los dos últimos posts de este insignificante blog nos hemos encontrado con que una pequeña turba de aspirantes a trolls han intentado desairarnos con expresiones como “gafapastas asquerosos, putos gafapastas, etc.” Admito que al principio me pilló este ligero revuelo por sorpresa, ya que desde aquí jamás hemos buscado la confrontación ni hemos pretendido faltarle al respeto a los disminuidos psíquicos. Supongo que, al fin y al cabo, no hemos podido evitar ser señalados como los malos por alguien. Y ese alguien no puede (no sabe) hacer otra cosa que señalarnos y llamarnos fascistas (o putos gafapastas).
Y punto final: sí, soy fascista.
Espero que me disculpen el ladrillaco, no volverá a ocurrir. Prometido queda.
Con un doble tirabuzón y en un desvergonzado ejercicio de vagancia, les recomiendo 3 películas, 3, sobre fascismo, toros y gafapastas cada una:
-Raza, de José Luis Sáenz de Heredia (Para colgarse de un pino).
-Chantaje a un torero, con El Cordobés. (Para abrirse las venas).
-La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, esa fascista (Un vaso de cianuro).
Espero no haberles espantado por siempre jamás.
