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jueves, 18 de septiembre de 2008

Dominación Mundial de un Genio del Mal.

Al vivir en una séptimo sin ascensor siempre me había resultado difícil tener un sótano propio. Sin embargo nunca fui un hombre pusilánime que se diese por vencido al mínimo contratiempo que se cruzare en mi resuelto camino. Así pues, y tras indagaciones, sobornos y nepotismos varios, di con una empresa que prometió realizarme muy eficientemente las obras necesarias para que pudiese así gozar del sótano departamento, herramienta básica para cualquiera con unas aspiraciones como las mías: ser genio científico y/o del mal. Mis instrucciones a los obreros rumanos que acometieron la reforma se habían limitado a dos palabras: “lúgubre silo”. Y a fe mía que cumplieron con eficacia.

Con el sótano recién terminado, el siguiente paso para convertirme en una Encarnación del Mal canónica fue mucho más sencillo: conseguí en un brevísimo lapso de tiempo convertir mi tétrico escondite en laboratorio repleto de acristaladas geometrías, tubos de ensayo por allá, burbujeantes caldos fluorescentes por acullá y computadoras repletas de leds titilantes y palancas chirriantes. Por supuesto, tamaño centro de operaciones tiene un punto débil cuya destrucción provocaría una reacción en cadena que convertiría en fosfatina todos mis esfuerzos. No dejé nada en el aire, como ven.

Si algún día decido escribir el Manual del Perfecto Genio del Mal, les aseguro que dedicaré ríos de tinta al capítulo de cómo hacerse con un ejército de esbirros fieles e incompetentes, pues no es tarea fácil, no. En primer lugar tenemos los uniformes. ¿Pueden creer que ni una sola de las empresas españolas dedicadas a la confección de ropa laboral disponen de una línea de ejércitos privados y/o huestes maléficas? No me quedó otra opción que hacer un cásting entre los más afamados modistos nacionales para que dispusieran su arte al servicio de un fin mayor y más noble: mi dominación mundial. Tenía dudas entre Ágatha Ruiz de la Prada y Victorio & Lucchino, pero me decanté por éstos últimos al ver esta foto. El resultado no me decepcionó en absoluto, véanlo:

Un uniforme que transmite maldad y estilo

No me resultó fácil elegir la clase de hombres que iban a conformar mi chalsbronesco cuerpo de seguridad personal. Tuve que pedir una serie de requisitos indispensables para que cualquier candidato advirtiere cuán malvado soy y cuán ignominioso será su trabajo:
-En primer lugar no aceptaría a mujeres como carne de cañón bajo-ningún-concepto. Las aspirantes sólo podrían ser lascivas concubinas a la par que sigilosas asesinas.
-Todos los componentes de mi ejército debían ser Varones Incircuncisos, para evitar infiltraciones sionistas y como guiño a mi santo patrón Adolf Hitler.
-Por cada diez aspirantes, uno debía medir, al menos, 2’15 metros y tener un problema de tiroides.
-En sus escasos momentos de descanso, o cuando estuvieren un grupo de mis esbirros vigilando alguno de los accesos a mi Lúgrube Silo, sería condición sine qua non que se emborrachasen y/o distrayesen.
-Su puntería debía ser tal que, si quisieran protagonizar un motín, ni tan siquiera fuesen capaces de descubrir como funcionan los rifles positrónicos que portasen.

Tras el agotador esfuerzo del reclutamiento, el último paso indispensable antes de acometer la Dominación Mundial fue el desarrollo de un Arma de Masiva Destrucción, capaz de reducir el planeta a fosfatina en menos de lo que se tarda en decir “Pamplinas”. Por supuesto tal Engendro de la Muerte debía tener un punto débil, al igual que las computadoras de mi Lúgubre Silo secreto, que originase su total destrucción, así como un titánico temblor de tierra que, en pocos segundos, sepultase mi guarida.

Finalmente, y por si las cosas no salían bien y la Dominación resultaba en frustrante acción, tracé un ineficaz plan de fuga que, o bien me mandase directamente a las manos de mis enemigos, o bien acabase con mi vida accidentalmente, bajo los escombros provocados por el temblor de tierra.